A veces olvido salivar, el sonido del silencio es tan fuerte que hace que escuche la vida en cada una de las cosas, luego, cuando el silencio deviene bullicio entonces salivo, la garganta ya seca roñe. Parece que hay agua en el ordenador, que la sala se encuentra a oscuras y que los cuartos de al lado yermos ya se relajan frente a la ligereza que padecen. El tren pasa cuando algunos se levantan, precisados por bajar; por ocupar esos cuartos vacíos, por dotarles de silencios, algunos otros restan, miran a los otros bajar, a la viejecilla que come chocolates y lee los ingredientes y reflexiona sobre la cantidad de cosas que le echan a cada uno de esos chocolates sin ni siquiera poder imaginar que es el edulcorante y el resto de ingredientes impronunciables. Se ajusta los lentes, creyendo ver mal lo incomprensible, abre la bolsa y toma otro tras ponerla en frente viendo descender la pareja que baja del tren, la joven que lee, el chico que habla por teléfono y otros tantos que existen. Busca en su bolso, una revista. La casa sigue en su silencio, ahora la cocina habitada ya ilumina el salón.
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