¿Adónde iríamos desde las penumbras de la incomprensión hasta el hueco hastío de la comprensión? Del siempre presente anhelo de la gracia y de la sabiduría que se encuentran en un momento pleno en donde se niega la propia fatiga y el mundo se eleva, generando a su alrededor la magia de un único y siempre repetible instante. Desde la inconmensurable comprensión de la fatalidad. ¿Es acaso que podemos comprender algo más allá de la fatalidad? Es decir, de aquella comprensión de que todo, absolutamente todo, es sólo una cara de las mil presentes y que, el absoluto es solamente la posibilidad del ser, que se presenta desde su ausencia. Que se anhela y se escapa. Pues la mirada únicamente aprecia puntos, aprecia elementos y, a su vez, los niega, como niega un amante celoso su amor por la pena. Es la paradoja inconclusa de la naciente de un río que brota tras de de sí la posibilidad de lo que vendrá. La fuerza de su potencia, la intensidad de su furia o, simplemente, la alegría del instante.
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